miércoles, 10 de septiembre de 2008

Minna, jinkan wa nan desu ka?

Vaya marcha que nos están metiendo en el curso de japonés. Me recuerda a aquella tira de Mafalda en la que Manolito se compara con un “peatón del razonamiento”: yo soy así, respondo de forma lenta y con pausas. En fin, al menos voy aprendiendo palabras nuevas, y puede que algún día hasta las utilice. Además, esta mañana hemos rellenado los papeles para presentarnos al JLPT. Cuando han entrado los responsables en la clase, prácticamente nos han rogado que nos presentásemos al nivel 4 (el más bajo), pero hemos pasado de ellos y nos hemos matriculado en el nivel 3. Yo ya tenía en mente presentarme al 3, pero otros de la clase no lo tenían tan claro, y ha habido algunos momentos de tensión. Al final Lukasz, un polaco de nuestra clase, ha dicho (muy acertadamente) que aprobar el 4 es muy fácil, y que aprenderemos más si contamos con algo de presión, aprobemos o no. Yo he añadido que, en realidad, ninguno de los dos niveles nos va a servir para nada, porque son muy básicos en comparación con un nativo, y al final todos los de la clase nos hemos apuntado al 3. Se me ha ocurrido recomendarles a mis apañeros el Tae Kim, un libro de gramática muy chulo y muy básico, y creo que todos vamos a poder con nuestros niveles. Además, ahora les mandaré un enlace a una página con el vocabulario revisado de los niveles 3 y 4. Espero que sea suficiente. Ganbarou!

Humor: Generoso. Una canción: I adore my 64, my Commodore 64.

Denwa bangou wa?

Sigo vivo después de los cereales de esta mañana. También he estrenado un paquete de leche desnatada que me he comprado, pero en la que no logro encontrar el kanji de “vaca” que aparecía en la última que me compré. ¿Será leche de soja? ¿Será leche de rata? Misterio... Menos mal que por la mañana no estoy muy fino, porque si no no sé qué diantres desayunaría.

Maravillosas noticias: ¡Por fin tenemos un móvil! Nos ha costado, pero lo hemos conseguido. Después de una clase de inglés intensivo de lo más agotadora, en la cual hemos hecho carreras de velocidad de habla y de escritura, un pequeño grupo nos hemos ido a una tienda de Softbank (uno de los dos mayores distribuidores de móviles de Japón, el otro es Docomo) en la que uno del grupo logró que le vendieran un móvil. Nos han atendido maravillosamente bien, nos han dado montones de facilidades, e incluso nos han hecho regalos (una camiseta y un perrito ladrador o, como diría un compañero de aquuí, un Hachiko). Lo único malo es que, como éramos 7 u 8 personas, nos hemos tirado allí la tarde entera. En fin, ya está hecho. Lo siguiente es ver si encuentro en internet el manual en inglés, porque mi nivel aún no es tan grande como para entender un manual técnico de tropecientas páginas. Tranquilos, todo se andará ;)
Ah, y aunque aún no os pueda poner fotos, os describo mi nuevo artilugio: es rojo, de los que se abren, con mini-pantalla frontal y una pedazo de pantalla dentro, a la que se le puede dar la vuelta para poder verla con el móvil cerrado. Tiene cámara con flash (normalita, de 2 megas), acceso a internet, me dan una dirección de correo de Softbank con la que nos podemos mandar mensajes gratis, aunque las llamadas también nos salen gratis si llamamos antes de las 9 de la noche o después de la 1 de la mañana, mensajes de texto gratis entre Softbanks, cerca de 150MB de memoria interna en el móvil (aún no estoy seguro, pero eso he creído entender) y televisión. Sí, televisión. Al cacharrito se le saca una antenita con la que se puede ver la tele. En cuanto pueda entender lo que dicen, me será hasta útil.

Bueno, hasta aquí la aventura de hoy. A partir de ahora supongo que pasarán más cosas, ahora que empezamos a estar comunicados entre nosotros. Ya os contaré.

Humor: Telecomunicativo. Animal: Perrito ladrador.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Yoroshiku onegaishimasu

Bueno, tal y como adelantaba ayer, hoy han empezado las clases de japonés. Algo ligerito, para empezar: primero, unas horas de explicación sobre cómo va a estar organizado el curso (exámenes semanales y mensuales, con otro final y la posibilidad de hacer el JLPT) y luego una explicación sobre lo que son los kanji. Para el que no lo sepa, son los ideogramas japoneses que expresan conceptos. Aparte de los kanji, el japonés usa un par de silabarios (como nuestro abecedario, pero más fácil de pronunciar) que usa para conjugaciones y demás historias. Y después de este par de tonterías, el examen. Tal y como esperaba, mi gargantuesco conocimiento de la lengua nipona me ha colocado en... el primer grupo de los principiantes. Bueno, no está mal, teniendo en cuenta que en la entrevista oral la frase más repetida fue “wakarimasen” (“no lo entiendo”). Nos han dado un chorro de libros: gramática, cuaderno de kanjis, ejercicios... Vamos, que no nos vamos a aburrir.

Por la tarde nos hemos ido a comprarnos un móvil, ahora que tenemos cuenta hecha en el banco, y en la tienda nos han dicho que nuestra cuenta no vale. Alguien va a tener que dar explicaciones mañana. Para la cena me he pedido un bol lleno de fideos, verduras y medio huevo duro, pero se me olvidó mirar una cosa en el dibujito que salía en el menú: era un plato frío. De hecho, no podía ser más frío: estaba lleno de cubitos. Bueno, otra experiencia más.

A la vuelta me he puesto a leer uno de los libros, y cuando estaba en lo mejor (creo que el asesino es el monte Fuji) el tipo que tenía al lado me pregunta la hora. En japonés. Encima que no tengo ni idea, cachondeo. Total, que como no me acordaba de cómo se decía nos hemos puesto a hablar de mí: que si soy español, que si he empezado a estudiar hoy... Dice que le encanta el vino español. Lo que yo digo, que esta gente tiene que salir más. Bueno, pues el tío ha sido la mar de simpático: me ha ayudado a completar frases, me ha dicho algunas palabras (yasui = fácil, muzukashii = difícil), y me ha dado su tarjeta. Se bajaba antes que yo, y me he quedado pensando “vaya tipo más salao”. Así tendría que ser la gente, hombre, curiosona, que les guste hablar con desconocidos, sobre todo si son gaijins como yo.
Ah, de vuelta a casa me he pillado unos cereales y unos bollitos para el desayuno. No veáis lo caras que están las cosas “normales” por aquí: un paquete de cereales de un cuarto de kilo, 300Y. 250 si es del Hacendado de por aquí. Mañana os cuento qué tal. Un abrazo a todos.

Humor: Quiero soñar con kanjis. Una canción: New York, New York, de Sinatra.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Puesta a punto y reconocimiento del terreno

Hoy me he despertado (pasmaos) con frío. Para cuando estoy escribiendo esto ya hace calor otra vez, pero la lluvia de anoche me sentó genial. De todas formas, hace un par de noches que no duermo con aire acondicionado, aunque estar aquí de día sin él es un suicidio. Esta mañana la he dedicado a colada y escribir el diario, y como los pies casi no los siento paso de ir a Tokyo hoy. Además, no sabría dónde encontrar a la gente y no puedo comprarme un móvil aún. Mi intención es pasearme por el barrio, a ver si encuentro algún punto inalámbrico de internet, y comprarme de una vez el bono de viajes entre Kasukabe y Tokyo. Por la tarde igual cojo la bici y hago algo de turismo por el barrio, a ver si hay algo interesante. Os mantendré informados.

Actualización:
Al final esta tarde no he hecho nada: se ha puesto a llover a cántaros (me ha pillado comprando la comida y me he calado entero volviendo a casa) y no había ganas de correr bajo la lluvia. Al menos he podido salir a cenar: me he encontrado con Ku, el koreano del otro día, y hemos quedado para salir a cenar por ahí. Me ha enseñado un restaurante chulo, pero caro, así que nos hemos ido a otro más barato, pero que también estaba muy bueno. Es uno de esos que salen en los reportajes, en los que eliges la comida de una maquina, la pagas, te sale un ticket, y se lo das al camarero para que te sirva. Me he pedido un bol de arroz con carne de cerdo, muy bueno. Butameshi, creo que se llama. Está bien tener opciones para una urgencia. En fin, me voy a la cama: mañana empiezo el curso de japonés y estoy deseando saber qué clase de material nos van a dar.

Por cierto, en mi balcón se coge una conexión decentilla, pero aún así me pillaré internet propio, porque cuando empiece el invierno, a ver quién es el guapo que sale al balcón.

Humor: relleno de crema. Un color: el verde de las rayitas de cobertura.

Semos europeos

Fecha: 06/09/2008

¡Ah, qué gustazo de desayuno! Leche, zumo (malísimo, parece fanta sin burbujas), bollitos, me siento como en casa. Como hemos quedado a las 12:30 aprovecho y hablo con el que se suponía que iba a conseguirme acceso a internet. Buena noticia: es fácil y barato. Mala noticia: necesito una tarjeta de crédito, que todavía me falta para tener. Noticia intermedia: no sé cuánto tardarán en instalármelo. Salgo a hacer compras: detergente y cubiertos de plástico, para cuando tenga cereales. El Lawson's es la pera: tiene de todo. Tiro la basura y me quedo con algunos volúmenes de manga que tienen buena pinta. Cuando llego a Asakusa, resulta que no tiene sólo una estación: tiene 3, dos de tren y una de metro. No logro encontrar al resto, así que me voy a visitar el templo por mi cuenta. Allí tampoco los encuentro, y me empiezo a deprimir. Como poco, me aburro, me canso, y cuando ya no quiero esperar más me voy al parque Ueno, donde se suponía que íbamos a ir después. Sigue sin haber suerte, pero lo verde tiene un efecto mágico sobre mí. Me siento y empiezo a escribir este diario a mano. Como una hora después, me levanto sonriente y con ganas de comerme Tokyo, yo sólo. Sigo adelante, veo cuervos y otros pájaros. Dejan que me acerque, lo que dice mucho de los japoneses: los animales no les tienen miedo.

También observo a los niños que juegan en el parque: son iguales que los europeos, lo que demuestra la tesis del embajador de España: lo que les hace ser como son no es vivir donde viven, sino su educación. El parque es enorme: está junto a un lago, y si lo cuentas como parte del parque, éste tiene casi 1500 metros de largo, y como la mitad de ancho. Extrañamente, hay poca densidad de gente, lo cual resulta refrescante. Paso por delante de museos de ciencias y de historia, pero no sólo están cerrados, sino que no me veo capaz de ver un museo. Entonces recuerdo una idea que se me ocurrió ayer mientras miraba el mapa. Muchos de vosotros habréis visto/leído Love Hina, y puede que incluso el resto reconozca la palabra “Todai”. Es la abreviatura de “Tokyo Daigaku”, que significa “Universidad de Tokyo”. No está lejos, así que me encamino dispuesto a llegar adonde sea. De camino conozco a una chica japonesa que acaba de salir de su clase de inglés, así que no me cuesta hablar con ella. Muy simpática, me guía, pero cometo un fallo: no pedirle su número. La próxima oportunidad no la desperdiciaré. Llego a la Todai, y me dan ganas de quedarme allí. No es en absoluto como me la había imaginado, pero sigue siendo la archifamosa Universidad de Tokyo, y me encanta.

Me voy a Shinjuku, donde en teoría hemos quedado a las 7:30 esta noche para salir de fiesta. No me apetece en absoluto, pero quiero ver a la gente. Esfuerzo vano: no encuentro a nadie: Sobre las 8 me encamino a una librería cercana, y me compro un paquetito de libros en japonés para principiantes que me habían recomendado. Cuando salgo está lloviendo a cántaros, pero por suerte la estación de Shinjuku es gigantesca y no me cuesta encontrar una entrada cerca de la librería. Para cuando vuelvo a casa ya ha dejado de llover, así que me compro un par de sandwiches para cenar y algunas otras cosas, juego un rato al ordenador, me curo las ampollas de mis doloridos pies y me echo a dormir. Por primera vez en días, no me pongo el despertador.

Humor: no tengo ganas de pensarlo. Un cuento: la bella durmiente.

Burocracia japonesa for you

Fecha: 05/09/2008

Hoy, el plan es sacarnos nuestro permiso de residencia, registrarnos en la embajada y hacernos una cuenta en el banco, y como postre una recepción con la gente de la beca, vestidos de traje y corbata. Como tengo que estar a las 9:30 en el centro, me levanto a las 6:30, me visto de traje y bajo a desayunar. Efectivamente, no lo había leído mal ayer: rollitos de repollo. Acompañados del arroz y la sopa miso de rigor, claro, y un huevo de acompañamiento de la sopa. Pensando que sería un huevo duro, lo abro: craso error, el huevo se derrama. Como el olor de los rollitos me da arcadas y la expectativa de una sopa con huevo no me hace tilín, lo tiro todo y me compro un zumo de naranja en la máquina. De hoy no pasa: necesito leche. Y fruta, maldita sea: llevo desde el lunes sin comer fruta. Me llego al ayuntamiento de mi zona, donde encuentro algo extraño: la puerta está abierta, pero no hay nadie. Cómo se nota que por aquí no pasan turistas españoles: se quedarían sin bolis ni clips en cero coma. Algo preocupado, porque se me echa el tiempo encima, vuelvo a la residencia y hablo con un hombre mayor al que conozco porque habla inglés: el ayuntamiento abre a las 8:30. Pues nada, llegaré tarde. Para cuando me dan los papeles ya son las 9, y salgo corriendo para el tren. Paso de la embajada, claro, y me voy derecho al centro, donde me dicen que la hora de quedar era la 1 de la tarde. Bien por mí, qué bien me entero de las cosas. Más relajado, me voy a la embajada: soy el primero en llegar, pero cuando estoy cruzando la puerta aparece Dani. No tardamos en reunirnos todos, y cuando tenemos nuestros papeles en regla nos volvemos al centro. Comida, relajación, internet hasta las 4 de la tarde, cuando nos vamos al banco para arreglar el asunto. Muy fácil, muy rápido, por suerte para los del banco: ¿cómo se les ocurre a los de la beca meter en un banco a un grupo de 10 españoles e italianos? En todo el banco sólo se nos oye a nosotros. Total, volvemos al centro y sobre las 6 empiezan a llegar los de la recepción. Mucha gente: embajadores, organizadores, gente de las empresas, antiguos vulcanianos, profesores de japonés... Muy buen ambiente, buen rollo generalizado. Hablo con el embajador de España (un tipo muy salao), con algunos profesores, y con una chica llamada Megumi que me da dos sorpresas: es la hija del organizador japonés, y habla español. Y muy bien. Se pasó algún tiempo en Argentina, y se parte de risa cuando Emilio y yo hablamos con acento argentino. Nos lo pasamos genial hasta que la gente empieza a irse, y entonces nos reunimos los españoles. Alejandro, Rocío, Héctor y yo quedamos para mañana en Asakusa, para ir de turisteo a un templo cercano. Nos vamos a nuestras casas, y en el metro me encuentro a mi primer japonés borracho. Curiosamente, ni aún así pierden esa necesidad patológica de ayudar: cuando me ve mirando el mapa me pregunta si necesito ayuda, se hace un lío con las palabras, se tambalea y se aleja haciendo eses cuando llega a su estación. No me he olvidado del desayuno: compro leche, zumo y unos bollos, porque no encuentro cereales. Otro día. Por lo menos la leche japonesa está buenísima, y no hace falta azúcar ni Nesquik para bebérsela. Eso sí: está cara: a 200Y el litro, de media. Ah, y una gran sorpresa: Cerca de mi casa hay un “Todo a 100” llamado Lawson's que tiene de todo, incluido.. redoble de tambores... ¡fruta! Me compro plátanos y resisto la tentación de comerme uno allí mismo. Contento, decido parar en una tienda que parece de películas que también tengo cerca. Veo las películas, que ocupan como una tercera parte de la tienda, y entro en un paraíso. Manga. Cientos, miles de volúmenes de manga. Revistas enormes, volúmenes pequeños, de todo. A un precio ligeramente distinto del español: 500Y cada tomo. Como para compararlo con los 10 euros que nos clavan en España. En casa, ducha y a la cama: a soñar con el momento en que sepa japonés.

Humor: Véase Tomo, de Azumanga Daioh. Una fruta: la pera.

A lo internacional

Fecha: 04/09/2008

Desayuno japonés: arroz hervido, sopa de miso y unas verduritas. Me lo como como puedo: no me gusta desayunar cosas calientes y sosas. Igual debería comprar leche y cereales, ya veremos. Me pongo una camisa y cojo una corbata, pero me empiezo a quedar sin ropa. Ya preocupado por el equipaje, voy a hablar con Kurihara, que no me entiende. Me presenta a su mujer, y a base de gestos, ella me entiende por fin: mi equipaje ha llegado, está a la vuelta de la esquina. Alborozos internos mientras subo mi querida maleta y salgo de camino al centro. Como no podía ser de otro modo, me equivoco de tren y llego un cuarto de hora tarde y sin tiempo de ponerme la corbata. Por suerte, no soy el único, así que no destaco demasiado. Tras las presentaciones de los mandamases y organizadores (nuestra contacto Keiko Sato, un francés, y un japonés de los de antes, arrugado, con barbita y que se pasa el rato asintiendo exageradamente con la cabeza cuando hablan otros, como aprobando sus palabras), nos toca presentarnos a nosotros. Es una buena medida para saber quién viene para trabajar, quién para aprender, y quién para salir de fiesta. Dudo que el japonés se haya enterado, pero desde luego, yo sí. Luego nos dan un montón de papeles y algo realmente útil: una guía de mapas de Tokyo, que pienso llevar siempre encima. Cuando acabamos, un grupo quedamos en irnos a Shibuya, y allí nos encaminamos, algunos (como yo) tras meter la camisa en una bolsa y ponernos algo más cómodo.

Shibuya es un distrito comercial, con montones de tiendas de, sobre todo, ropa. Es como el centro de moda de Tokyo. Andamos, miramos, nos separamos... pierdo de vista a la gente (bien por mí) y, como me aburro, vuelvo a casa. Realmente necesitamos móviles, lo malo es que en Japón para pillar uno de contrato necesitamos una cuenta en un banco, y para eso necesitamos un permiso de residencia, y aún no tenemos nada de eso. De vuelta a casa ceno pescado rebozado, y me lo como CON PALILLOS. Toma ya. De paso, conozco a un koreano que se llama Ku, que sabe algo de inglés, y me explica algunas cosas de su país y de él: está trabajando en Sanyo desde hace unos cuantos meses, pero se irá pronto. Parece un chico simpático, espero volver a verle. Ya en mi piso, decido probar el ordenador, pero el enchufe del ordenador no entra en el adaptador que me traje. Desesperado, me voy a hablar con Kurihara, que rebusca entre todos sus artilugios y pregunta a todos los clientes para ver si encuentra algo que me sirva, sin resultado. Al final, me doy cuenta de que no entra porque el adaptador tiene un par de pestañas que no dejan que pase el enchufe. Se lo digo a Kurihara, que me trae unos alicates con los que me cargo alegremente las pestañas. ¡Éxito! Por fin tengo ordenador. Pruebo a ver si cazo alguna red inalámbrica, sin suerte, pero tengo ordenador. Para quitarme el mono, me paso un par de horas jugando, y luego me duermo.

Humor: Eufórico. Comic: McGimmick.

Hola, señor de la empresa. ¿Habla inglés?

Fecha: 03/09/2008

Duermo unas pocas horas antes de que el despertador me avise de que toca desayunar. No puedo comer nada, pero me obligo a tomar algo y al final entran dos tazones de leche con cereales. Nos encaminamos al centro cargados con nuestro equipaje de mano, aunque el mío apenas merece tal nombre: un saco lleno hasta los topes, los trajes en una bolsa, el ordenador portátil... Iba doblado, pero me daba igual: luego me alegraría de llevar tantas cosas. Cuando llegamos al centro, una gran alegría: internet para todos. Mando algún correo, pero hay tanto que hacer y que hablar que no me da tiempo a más. Salimos a comprar algo para comer y apenas nos da tiempo a terminar cuando vienen los de las empresas para llevarnos a nuestros dormitorios. Mi guía es un buen tipo, aunque algo parco en palabras. Aún así, le pregunto por todo: cómo funciona el tren (no me lo sabe explicar), cuáles son las condiciones de la residencia (hay mucho que no sabe), cómo puedo tener internet (no tiene ni idea). Al final le pregunto por la compañía, a ver si le saco algo, y ni por esas: me dice unas pocas cosas y se vuelve a quedar callado. Pues se va a enterar: cuando llegamos a la estación de Kasukabe (la más cercana a mi residencia, y a hora y media del centro de Tokyo) le ametrallo con preguntas sobre los billetes, sobre cómo ahorrarme dinero en ellos, sobre el camino, sobre las bicis, sobre todo lo que se me ocurre. La conversación me reveló algo que luego se cumpliría con todos los japoneses que me encontraría: son tontos. Salvo excepciones, son muy tontos. Sólo conocen lo que necesitan para vivir, no tienen curiosidad, ni picaresca, ni nada. Si sólo fueran un poco curiosos, y si lo juntáramos con lo solícitos (para los de la ESO: deseosos de ayudar) que son, serían los anfitriones ideales, pero no: los sacas de la línea de metro que cogen todos los días y no saben nada. Si les preguntas por una tienda que no suelen visitar, aunque pasen por delante todos los días, no la conocen: siempre van mirando al suelo. En fin, llegamos al dormitorio (que es sólo para trabajadores de Sanyo) y me presentan a Kurihara, el manager. Es el típico japonés, viejo, medio calvo, con su barbita blanca que le sale de la barbilla, y muy amable. Me enseña toda la residencia (en japonés, me entero de poquito), incluido un anexo en el que hay que tirar la basura (por separado: papel, plástico, latas y orgánicos). Tomo nota de tirar papel a menudo para ver si puedo conseguir algo de manga gratis. También me dice que le ayude a meter un pequeño frigorífico en mi habitación. Es decentilla: pequeña, pero suficiente, con mucho armario, un colchón bueno, una ducha... pero todo es extraordinariamente viejo: el aparato de aire acondicionado, el frigo, la instalación de la ducha... Luego me enteraría de que Sanyo es de las empresas más tradicionales de Japón, lo que explica esto en parte. Deshago el poco equipaje que traigo, pongo las cosas a mi gusto, y estudio el mando del aire acondicionado con un libro de japonés delante, porque hace un calor espantoso y da la impresión del que el aparato da más calor. En efecto, al cabo de un rato descubro que estaba puesto en "calefacción". Con todo en orden, salgo hacia Akihabara, donde he quedado con unos amigos. Nos damos una vuelta por allí, se me hace la boca agua con tanta electrónica y frikismo juntos, y prometo volver pronto, porque mis compañeros estaban más interesados en móviles que en otra cosa. Cenamos (yo poco, porque sigo con el estómago revuelto) y nos vamos a casa. Un día completito, pero echo de menos dos cosas: sigo sin equipaje y sin internet. Ah, y una almohada: la que tengo está rellena de una especie de macarrones de plástico, y no hay quien duerma así. Me he improvisado una con una manta, y no está mal.

Humor: Indescriptible. Serie: McGyver.

Cómo llegar de Cartagena a Japón perdiéndose por el camino.

Fecha: 02/09/2008

Me levanto a las 4:45 de la mañana, sin ser apenas consciente de lo que estoy haciendo. Desayuno, viene Alejandro y nos vamos a la estación. No me daba cuenta de nada. Llego a Madrid con 4 horas de margen para coger el avión, y aún así voy con el arroz pegado, entre la cola para envolver la maleta y unos problemas que hubo con el billete del segundo vuelo, que no me lo pudieron sacar desde Madrid. Tras algo más de dos horas de vuelo llego a Frankfurt: me saco el segundo billete y me encamino al punto de encuentro, donde me veo a Rocío (una compi española) esperando sola. Por suerte no llevaba mucho tiempo esperando: también tuvo problemas con su billete. Nos pasamos el rato hablando y esperando al resto, que no aparecen. A nuestra hora nos vamos al avión, que es la pera: TV en cada asiento con videojuegos (invaders, arkanoid, cosas así), películas, música, de todo. Como tengo el estómago revuelto y mucho sueño, decido pasar de cena y tratar de dormir: reclino asiento, me pongo un cojín sobre la cara y me quedo frito. Despierto con el tiempo justo de ver Kung-Fu Panda en la TV antes de aterrizar, además de preocuparme por el control de aduanas. Resulta que nos entregaron en el avión unos papeles para rellenar y entregar en aduanas, en los que había que decir qué cosas traías en plan ilegal y demás. Cuando llego a la parte de "material que infrinja la propiedad intelectual" casi me da algo: en el PC llevo juegos de DS y de GBA a montones, además de una carterita con unos 15 juegos de PC. Lo escondo todo como mejor puedo y bajamos del avión. Temores injustificados: tras el control de inmigración y recoger el equipaje, en el control de aduanas pasan de mi maleta olímpicamente. Son aproximadamente las 3 de la tarde, hora local. Nos encontramos con Tomasso (italiano) y Eric (gabacho, el pobre) y echamos un ojo a las opciones de transporte. La recomendada, 3000Y en autobús y unos 200 en metro. Rocío y yo nos vamos en otro: 3500Y por un billete de tren más una tarjeta con 1500Y válidos para metro. Para los profanos, imaginad que los yenes son pesetas, y vais bien. Nos perdemos por las estaciones de metro, y llegamos al hotel 3 horas más tarde, pero con una buena experiencia.

Saco de la maleta mi equipaje de mano para enviar el resto a mi residencia, subo a mi cuarto y me ducho. Dios, cómo lo necesitaba. Llamo para avisar de que estoy bien (me sale por 1000Y hablar 5 minutos) y bajo a recordar viejas caras y cenar. Nos vamos andando hasta una calle concurrida (luego descubriríamos que era Roppongi, el barrio de fiestas duras de Tokyo) y cenamos ramen. Buenísimo. Una delicia. Mientras volvemos al hotel (algunos, otros lucharon contra el jet-lag a su modo), unos tipos enormes y negros nos ofrecen entrar en un amago de cabaret. Ni siquiera los más festeros del grupo se atrevieron a entrar ahí; ya veremos si eso cambia con el tiempo. Llegamos al hotel y me echo a dormir, sin mucho éxito porque meterse un ramen entre pecho y espalda media hora antes de dormir no es una buena idea.

Humor: Muerto. Canción: La nana de Zelda.

Comienzan las andanzas de alguien

Muy buenas, queridos amigos. Como podeis ver, me he tirado una semana sin haceros ni caso, pero creedme si os digo que he tenido mis razones. Mucho que hacer, sin internet en mi piso... de hecho, ahora mismo estoy en plan "okupa internauta", sentado en una esquina de la calle. Espero que al dueño de la red no le importe que la use un rato. En fin, a lo que íbamos: comienza el juego. Os dejo con entradas de los primeros días, y espero poder actualizar de forma constante a partir de hoy. Un abrazo a todos, y hasta pronto.

Nota: aún no tengo fotos en el ordenador y voy con prisas, así que eso tendrá que esperar, pero merecen la pena, os lo prometo.

Humor: Con prisas. Película: La Red.